domingo, 3 de agosto de 2008

EL SUEÑO MILEURISTA

Llegas a una entrevista de trabajo con el alma en un puño, y un bombardeo de pensamientos satura tu cabeza. Lo principal es convencer al interlocutor y acceder al puesto, pero ni siquiera te detienes a pensar en el sueldo que ganarás. Das por hecho que no será inferior a 1.000 euros, porque según dice el gobierno la mayoría de los jóvenes de hoy son mileuristas.

¡Qué preciosa palabra que te hace tan feliz! Vives en una lata de sardinas con este sueldo que consideras digno, eso, si en el mejor de los casos llegas a ganarlo, pero que superan con creces los jóvenes de otros países europeos. ¿De verdad crees que llegarás lejos con semejante cantidad?

Sabes que el dinero se desintegra en tus manos con cada nuevo gasto que acumulas cada mes y apenas tienes tiempo de guardarlo en tu cartera. Casi te saldría más rentable encerrarte en tu cárcel de oro para no gastar o bien vender el falso Picasso que cuelga de tu pared. Quién sabe, quizá lo confundan con la entrada a la tierra prometida y te conviertas en el más rico de tu pueblo.

En el fondo, aunque deseas ser mileurista, salir volando de casa de tus padres y tener una vida propia, te conformarás con las migas de pan que te den y agacharás la cabeza cuando te ofrezcan un mísero sueldo. No es tiempo para quejarse tal y como está la vida y eres consciente de que si no lo aceptas tú, lo hará otro. ¿O es que te crees el único ser humano sobre la tierra?

Las elevadas hipotecas de hoy tumban tus planes de mañana y te roban las ilusiones que tenías desde pequeño: tener una casa grande con piscina, un coche bonito y lujoso, un par de perros guardianes y una chica florero en tu despacho. En cualquier caso, respira con alivio porque al menos puedes decir que vives entre cuatro paredes y no entre cuatro cartones.

A.M.N


sábado, 29 de marzo de 2008

EL CINE DESDE MI PUNTO DE VISTA

Para mí el cine es un entretenimiento, un medio que me permite reflexionar y una forma ficticia de existencia paralela a la realidad. Nuestra vida diaria es monótona y aburrida y está cargada de problemas, obligaciones y responsabilidades. Para muchos, cada día promete ser nuevo a pesar de tener que ir a clase, al trabajo, a distintos cursos de idiomas, a la autoescuela o a hacer diversas gestiones. Al menos siempre hay algo o alguien que hace que una jornada no sea idéntica a la siguiente y a veces, se dan situaciones muy agradables, aunque no se repiten tanto como quisiéramos.

En la vida real, las cosas positivas ocurren pocas veces y no siempre son tan maravillosas como imaginábamos. Creo que a todos nos gustaría elegir cuándo y cómo deberían suceder y el cine es un medio que intenta cumplir ese deseo. Por eso, con gran acierto alguien hizo referencia al cine como “la fábrica de sueños” porque con frecuencia, a través de la pantalla, vemos imágenes buenas, escenas geniales o situaciones extraordinarias que nos hacen sonreír, aunque hayamos tenido un mal día. Un gesto o una mirada de los personajes que transmita alegría, ilusión o esperanza podría hacerme sentir lo mismo si el contexto en el que lo veo es propicio. Lógicamente, si me encuentro triste, no surtirá el mismo efecto que si estoy receptiva a lo que cada imagen puede ofrecerme.

El cine nos transforma de una manera que ni siquiera imaginamos en el sentido de que nos sumerge en un mundo ajeno, pero que vivimos como si fuera propio. Cuando voy a una sala, decido la película que quiero ver en función de su argumento o los actores y actrices que intervienen en ella, pero en el fondo, espero que esa cinta vaya más allá y refleje experiencias, situaciones o momentos que querría vivir. Por ejemplo, sé que nunca seré una heroína de cómic, pero me divierte mucho imaginarlo mientras veo a una mujer en la pantalla a la que todos respetan y temen gracias a su valentía. Por eso, el cine de súper-héroes me suele atraer ya que muestra hechos imposibles como si estuvieran al alcance de cualquiera y, en el fondo, detrás de todas esas escenas frenéticas e impactantes, comunica una serie de ideas y valores como el coraje, la astucia, la ambición o la perseverancia, que en determinadas situaciones me gustaría tener. Pueden ser imágenes de una heroína a la que parece que sólo le importa su apariencia física y cómo la ven los demás, pero yo veo otra cosa: sentimientos a través de los cuales puedo sentirme identificada.

Otras veces lo que busco en el cine es todo lo contrario: una historia que no tenga nada que ver conmigo, pero que me haga darme cuenta de cómo no me gustaría ser o lo que nunca haría. Tal es el caso de cualquier película de terror en la que el asesino interpreta un papel esencial que me impide centrar la atención en otro personaje que no sea él. El protagonista es tan opuesto a mí, que despierta mi curiosidad y es capaz de sorprenderme de tal manera que me mantiene pegada a la butaca. Destaco el personaje de Hannibal Lecter, el popular caníbal de El silencio de los corderos y otras cintas posteriores, capaz de atraparme y al mismo tiempo, hacerme odiar lo que él representa: un ser humano en contra de su propia naturaleza. En este caso concreto, la película no es ficción al cien por cien porque ya se ha hablado de casos de caníbales en la vida real, lo cual convierte la historia en algo aún más espeluznante y repulsivo, pero también más cercano.

En relación a esta conexión con la realidad, creo que el cine es básicamente ilusión o ficción, aunque con fragmentos de verdad. Considero que las películas que más se acercan a acontecimientos reales son las bélicas, las históricas y las biográficas, pero aún así, cuentan una verdad incompleta y lejana y dan una mayor importancia a lo que se han inventado los guionistas para enriquecer la historia. La razón de esto la veo sencilla porque, como he comentado al principio, la realidad puede ser aburrida, triste y monótona y ningún espectador quiere ver eso reflejado en la pantalla si no se acompaña de amor, emoción, sorpresa o alegría. Para sufrir durante dos horas sin recibir otro estímulo a cambio, prefiero quedarme como estoy o ver un documental basado en hechos probados, y si tengo que sufrir, hacerlo por mí misma en la vida real.

Una verdad ficticia la encuentro en Titanic, que ganó once oscars y que a pesar de contar el naufragio del famoso trasatlántico con una gran fuerza y emotividad, centró la mayor parte de su argumento en el amor que unió a sus protagonistas. Y sinceramente, pienso que ese fue el motivo de su éxito, no el hecho de mostrar la tragedia con imágenes. No obstante, las combinaciones entre amor y desgracia, especialmente si se dan en el cine histórico o bélico, me parecen preciosas.

Otro reflejo parcial de la verdad son las películas biográficas, que me permiten conocer en mayor profundidad a personajes célebres de la historia como inventores, músicos, políticos, ingenieros o pacifistas, entre otros. Tal es el caso de Howard Hughes, el famoso aviador interpretado por Leonardo DiCaprio en la cinta El aviador, en la que se muestran sus éxitos y su posterior decadencia. De los géneros que combinan realidad y ficción, pienso que el biográfico es el que más se decanta por la imaginación y el que menos nos acerca a lo real, pues me suele enseñar un personaje demasiado fascinante que me parece menos humano y menos creíble porque se exageran sus logros y se le muestra como alguien muy brillante e inaccesible.

El cine de compromiso social también refleja ciertos aspectos de la realidad, y además, los denuncia, por lo que pienso que se aproxima aún más al público. Es el caso de películas que narran temas como enfermedades graves, problemas con el alcohol, drogadicción, prostitución o prejuicios sociales. Este cine me da una lección de tolerancia porque muestra a personas marginadas en la sociedad como gente normal con sentimientos y necesidades, y lo hace a través de escenas en las que alguien siempre les entiende y se compromete con ellos para ayudarles. Por desgracia, en nuestra vida diaria no somos suficientemente solidarios y a menudo tenemos miedo de aquello que no conocemos y tampoco nos esforzamos por conocer. Estas películas me enseñan cómo debería comportarme ante problemas humanos de este tipo y me gustan porque son bastante verosímiles.

Desde otra perspectiva, pero también en relación a lo que aprendo con las imágenes, veo el cine infantil como un método de enseñanza ejemplar de valores básicos que todo niño debe tener. Todavía recuerdo películas que me mostraron el valor de la amistad, el respeto, la comprensión o el empeño por saber. Me refiero a cintas tan populares como Dumbo, Bambi o Matilda, realizadas para entretener y educar. Pienso que este es el cine más bonito que se puede hacer y, paradójicamente, creo que es el que menos se promueve porque siempre se suele dar mayor apoyo comercial a grandes producciones para jóvenes y adultos y se deja de lado lo que el cine infantil nos puede ofrecer.

En definitiva, no puedo quedarme con un solo tipo de cine porque cada vez que voy a ver una película busco un estímulo diferente que convierte el hecho de ir a una sala en un verdadero acontecimiento, en una situación de incertidumbre por averiguar qué me ofrecen, qué elijo y finalmente, qué veo y cómo lo veo. Una misma película me puede parecer completamente distinta según mi estado de ánimo o las personas que me acompañen a verla. Me influye mucho un mal horario, el ambiente de la sala o incluso lo que esté comiendo mientras porque si estoy a disgusto por cualquier motivo no me concentro igual en la historia y no me adentro en ella.
Pocas películas me transmiten una sensación profunda y especial porque la mayoría están concebidas principalmente para entretener. Las que se crean con el único fin de emocionar y llegar al espectador, suelen resultarme aburridas o demasiado largas ya que no tienen nada que ofrecer más que gestos, miradas y sentimientos, aunque me resultan todavía peores las que tienen escenas de silencios prolongados muy difíciles de digerir.
Hay ocasiones en las que las películas de este tipo me provocan el efecto contrario: me apasionan. No obstante, no puedo verlas más de una vez porque siento que pierden la esencia y el encanto del primer día. Esto me ocurre con El diario de Noah, que en mi opinión, está hecha para disfrutarla una única vez y en una sala de cine.


Considero que es necesaria una perfecta y equilibrada combinación entre profundidad y hechos para que no perciba que me he quedado estancada en una historia sin acción que no me va a aportar nada. Me refiero a la acción basada en los efectos especiales que ahora están de moda y también, a la sucesión de hechos que les ocurren a los protagonistas y que enriquecen aquello de lo que hablan.
Hay películas que debido a esa armonía en su contenido no me cansaría de ver nunca en el sofá de mi sala de estar, en un tiempo reservado sólo para mí y con absoluta tranquilidad. De esa forma puedo meterme de lleno en la piel de los personajes, y no me importa que ya haya visto antes la historia y sepa con antelación qué va a ocurrir porque gracias a eso podré descubrir cosas nuevas que la primera vez pasé por alto.


En ocasiones, al personaje principal le ocurre una desgracia que llega a conmoverme, pero cuyas consecuencias me alejan totalmente de la idea principal que yo tenía sobre la historia. Esa contradicción entre mi idea preconcebida del argumento y lo que ocurre de verdad, puede hacerme perder el interés por completo o engancharme todavía más. Las circunstancias en las que vea la película influyen en eso especialmente y hacen que me sienta como el protagonista o por el contrario, no esté nada de acuerdo con él.

Otras películas se centran en el humor absurdo y aunque, muestran situaciones realmente tontas e imposibles, ofrecen bromas que yo he visto o he vivido a mi alrededor. Gracias a esa cercanía con mi propia experiencia me río aún más con el argumento, me identifico, paso un buen rato y además, aprendo a reírme de mí misma.

Por último, pienso que la música que forma parte de la historia de cada película es esencial para que termine de captar mi atención por completo. Una buena melodía adaptada al argumento aporta mucha fuerza a lo que veo y según las circunstancias, puede hacerme reír o llorar, por lo que intensifica mis emociones. Sin embargo, una pésima canción perjudica a las imágenes inevitablemente
En definitiva, desde mi punto de vista, el cine está para disfrutarlo con los cinco sentidos ya que sólo de esa manera podremos vivir y sentir lo que estamos viendo. Es un regalo para la vista que enriquece nuestros días.


A.M.N

viernes, 22 de febrero de 2008

LA PREOCUPACIÓN POR COMER SIEMPRE SANO: LA ORTOREXIA

Es una obsesión que, según la Organización Mundial de la Salud, padece el 28% de la población de todo el mundo. En Estados Unidos, 5.000 personas fueron diagnosticadas el año pasado

La ortorexia la descubrió hace apenas diez años el doctor Steven Bratman, que empezó a hablar de ella en 1997, aunque no se popularizó hasta el año 2000 cuando publicó su libro Los yanquis de la comida sana en el que hablaba del problema. El término procede de las palabras griegas orthos que significa “justo” o “recto” y exia que significa “apetencia” o “apetito”. Consiste en una obsesión por comer sólo alimentos sanos, libres de conservantes, colorantes, aditivos o cualquier otra sustancia artificial y que nace de la cultura ecológica. En España se trata de un problema casi desconocido, pero el 5% de los españoles que tienen problemas con la alimentación ya la padece. Aún no puede calificarse como enfermedad porque no se ha reconocido como un trastorno psiquiátrico y además, no se han encontrado parámetros para distinguirla del hecho de mantener una dieta saludable y equilibrada. No hay que confundirla con dietas sanas llevadas a cabo con sentido común y dentro de unos límites normales porque la ortorexia es llevar una alimentación sana exagerada. Según Bratman, “los ortoréxicos desarrollan sus propias reglas alimenticias, cada vez más dañinas y específicas”. Él lo sabe bien, ya que a finales de los setenta inventó su propia dieta formada por vegetales recién cogidos del huerto y se alimentó así durante muchos años hasta que un día, después de un tiempo de tratamiento con psicólogos, se comió un trozo de pizza y una copa de helado.

Las personas que tienen ortorexia sólo comen alimentos que les ofrecen garantías de calidad, que son naturales o no tienen grasas, lo que supone un grave peligro para su salud porque se suprimen nutrientes esenciales para el organismo.
Quien sufre esta patología dedica más de tres horas diarias a pensar en la comida saludable que puede tomar, prepara las comidas con días de antelación, da prioridad a la calidad de los alimentos por encima de la satisfacción que siente al comerlos o puede masticar muchas veces lo que come antes de tragarlo (el propio doctor Bratman lo hacía hasta 50 veces). Si no sigue la dieta sana que él ha establecido tiene sentimientos de culpabilidad y es capaz de no comer durante días como castigo por haber tomado productos que él considera “malos”, y se muestra superior a los demás, con gran fuerza de voluntad y feliz consigo mismo si logra mantenerla. Su obsesión llega hasta el punto de que se aleja de sus familiares y amigos porque evita comer fuera de casa alimentos que no puede controlar, lee siempre las etiquetas de los productos, cocina sus alimentos de una manera concreta e incluso crudos o en recipientes especiales (de cerámica, madera, etc.) y no sale de su casa si no es con su propia comida. Puede llegar a recorrer varios kilómetros para comprar este tipo de productos que suelen ser más caros, incluso hasta diez veces más que los productos normales. Si no los encuentra es capaz de pasar tres o cuatro días en ayunas.

El caso más extremo fue el de Kate Finn, una californiana que falleció en 2003 por inanición. Al principio, le diagnosticaron anorexia, pero a ella no le preocupaba su peso ni la cantidad de alimentos que tomaba, sino su calidad. Algunos expertos hablan de que la ortorexia es una “anorexia mal curada”, aunque en el caso de la primera, lo que importa es comer sano y en cuanto a la anorexia, el problema radica en la preocupación por las calorías y el peso corporal. Finn comía, sobre todo, hidratos de carbono y azúcares y apenas probaba las grasas ni las proteínas: murió de ortorexia.

Este trastorno en ocasiones responde a una moda, y los más propensos a sufrirlo son las adolescentes, las mujeres (hasta en un 90%), los deportistas (en especial, los que practican el culturismo) ya que suelen preocuparse mucho por su físico y su salud, y en general, las personas estrictas y muy exigentes consigo mismas y con los demás, los que tienen comportamientos obsesivos compulsivos o los que ya hayan tenido otros problemas con la alimentación, como anorexia o bulimia.

Las causas de esta patología son muchas. Según Manuel Serrano-Ríos, jefe de Medicina Interna del Hospital Clínico de Madrid y presidente del Instituto Danone, “el impacto cultural de la obsesión por la propia salud le hace al ortoréxico orientarse hacia la búsqueda sistemática de alimentos saludables”, lo cual quiere decir que nuestra cultura incide directamente en este problema por la importancia que la da a la imagen. Otros desencadenantes pueden ser miedo a envenenarse por tomar alimentos que no son naturales, razones religiosas o espirituales, influencia de los medios de comunicación y la publicidad, o la excentricidad. Esto último se pone de manifiesto especialmente en algunas actrices, como Julia Roberts, que sólo bebe leche que contiene soja, Demi Moore que consume todos los alimentos crudos o Jennifer López que come tortillas hechas sólo con clara de huevo. Algunas otras causas son de carácter psicológico como la depresión, la inseguridad, dificultades de comunicación con las personas del entorno o la falta de afecto.

Por su parte, las consecuencias de llevar este tipo de alimentación pueden ser muy graves. En primer lugar, desciende la calidad de vida porque se consumen alimentos que no aportan todos los nutrientes y vitaminas que necesita el organismo, lo que a su vez, puede desencadenar desnutrición, debilidad, agresividad, desequilibrios psicológicos, tristeza, ansiedad, depresión o hipocondrías. En concreto, por tomar alimentos excesivamente sanos, se consumen proteínas de menos calidad al tomar sólo vegetales, hace falta hierro lo que puede dar lugar a anemias, son escasos las vitaminas liposolubles y los ácidos grasos esenciales, faltan oligoelementos, y en casos muy graves, se puede dar una pérdida temporal o permanente de la menstruación. Además, la ortorexia conlleva distanciamiento social.

Para curarla, es necesario tomar conciencia del problema, seguir los consejos de nutricionistas y psicólogos, y con su ayuda, aprender a comer de una manera realmente sana y equilibrada, sin obsesionarse.
No obstante, la clave para evitar la ortorexia está en seguir una dieta sana y equilibrada que incluya todos los nutrientes necesarios. Para ello, es muy importante tomar a diario frutas y verduras, carne, pescados y huevos, y nunca se deben suprimir los aceites y las grasas porque son beneficiosos para la transmisión de los impulsos en el sistema nervioso. La dieta diaria de cualquier persona debe estar formada por un 60% de hidratos de carbono (pan, pasta y cereales), un 20% de grasas y otro 20% de proteínas. Eso es lo fundamental para mantenerse sano.
A.M.N

miércoles, 13 de febrero de 2008

"Soy Leyenda" (I am leyend, Francis Lawrence, 2007)

El cine fatalista está de moda. Al espectador le gusta ver catástrofes, grandes tragedias y finales apocalípticos en los que un héroe, reconocido como tal o vestido de paisano, logra poner fin a la situación. Como el público manda, las producciones caen rendidas a sus pies. Es el caso de Soy Leyenda, protagonizada por Will Smith en el papel de Robert Neville, casi el único superviviente en la Tierra y posible salvador de la raza humana.
El libro titulado igual es mucho mejor que la película, como ocurre en la mayoría de los casos, pero aún así, las imágenes muestran la historia con una cercanía que las páginas nunca lograrán alcanzar por muy ricas que sean las descripciones o muy interesente sea el personaje principal. La obra escrita me trasladó a un espacio diferente, después de haber visto la cinta, y no pude imaginar al protagonista del mismo modo, pues se trata de otra persona completamente distinta, con un pensamiento y unos propósitos distintos.

Pero centrémonos en la película, reflejo de una visión trágica del avance médico de las últimas décadas. Sin duda, los más aprensivos creerán a pies juntillas que un error garrafal como el de propagar un virus tremendamente contagioso a partir de una revolucionaria vacuna que cura el cáncer, podría llegar a producirse en nuestra sociedad actual. Y, quizá, no estarían mal encaminados si tenemos en cuenta que somos seres humanos y, como tales, nos equivocamos.
Esta historia arroja luz sobre un hecho que hasta ahora no nos habíamos detenido a pensar: investigar la cura para una grave enfermedad entraña riesgos, sobre todo, si esa tarea se encarga a personas poco cualificadas o inexpertas que se atreven a probar en humanos los nuevos fármacos sin conocer plenamente sus efectos. Así, en los dos o tres primeros minutos de cinta, la doctora Kripin (que posteriormente, dará nombre al virus), interpretada por Emma Thompson, afirma por televisión haber curado el cáncer cuando lo cierto es que su investigación tendrá consecuencias devastadoras para la población de Nueva York.

Las imágenes logran narrar la historia de un modo que atrapa al espectador, a pesar de tratarse de una película lenta, sin apenas diálogos y en la que aparecen constantemente los mismos lugares y espacios: la casa del protagonista, los coches que conduce o, por supuesto, la gran ciudad silenciosa, aunque eso sí, desde distintos ángulos y alojando distintas acciones. El director, Francis Lawrence, distribuye los planos de una forma casi perfecta para que todo ocurra en el instante preciso y al mismo tiempo, mantiene al público expectante, por una parte, deseoso de que aparezcan los infectados enloquecidos y por otra, esperando escenas que la hagan diferente a otras películas del mismo estilo.

Existe un momento especialmente angustioso, cuando Neville ve cómo su perra se adentra en una nave oscura para perseguir a un ciervo y la llama desesperadamente para que salga de ahí. Esto nos estremece en la butaca por dos razones: el animal puede morir apenas a los veinte minutos de visionado, lo que nos dejaría con una amarga sensación demasiado pronto, y, por otro lado, sabemos que el protagonista necesita a la perra para continuar cuerdo en una ciudad hostil en el que sólo están ellos dos.
Y es que es un acierto que su Pastor Alemán haya sobrevivido al virus que asoló la ciudad para dotar de una mayor credibilidad a la historia. Hubiera sido casi insólito que sólo Neville continuara vivo después de la infección y además, las imágenes no se habrían sostenido por sí solas sin el diálogo que mantienen ambos que, aunque es breve y puntual, es completamente necesario para no aburrir al público.

No obstante, aporta mucho valor al argumento el hecho de que el protagonista sea el único ser humano en el planeta (o al menos, eso crea él) y que tenga que hacer verdaderos esfuerzos para no perder la cordura, porque nos transmite una idea que a menudo olvidamos, pero que resulta fundamental para nuestra existencia: necesitamos relacionarnos para lograr nuestros propósitos y sobrevivir. Cada persona requiere de otras porque, de lo contrario, se volvería loca.
De ahí, surge la escena en la que Neville acude a un videoclub y habla con un grupo de maniquíes, que intuimos que él mismo ha colocado allí, como si se tratara de personas. Hasta ese momento, podemos entender su necesidad de relacionarse sea del modo que sea, pero ya es ridículo que mire tímidamente a una maniquí y dude si hablarla o no porque se siente atraído por ella. Sin duda, una escena totalmente prescindible y absurda.

Esto no es lo único que está mal hecho a lo largo de la cinta. Lo más destacable es que no es posible que en sólo tres años sin actividad humana, una gran ciudad como Nueva York se haya convertido en una frondosa selva, tupida de vegetación y habitada por animales salvajes, tales como ciervos o leones. Puede que transmitir esto responda al deseo de provocar una mayor impresión en el espectador o simplemente de introducirle más en la historia, lo que es innecesario porque las imágenes de largas calles solitarias ya provocan estos efectos. Así, ante el aplastante impacto del silencio y el vacío en la ciudad, la regresión a un mundo salvaje es gratuita.
Tampoco es creíble que una persona pueda sobrevivir tanto tiempo con los alimentos de los que dispone. Bien es cierto que la ciudad es muy grande y hay muchos supermercados, pero la comida no puede conservarse en buenas condiciones y tarde o temprano caduca y llega el momento en que no se puede consumir.
Otro error es enfocar el papel de la perra de tal manera que el público sea capaz de prestarla más atención que al protagonista de la película, e incluso llegue a apreciarla más en determinadas escenas. El animal da dinamismo a la película, pero Neville tiene todo el peso de la acción y es el que busca la vacuna contra el virus.

A pesar de estos desatinos habituales en toda superproducción, la cinta posee un atrayente argumento que unido a la muy buena interpretación de Will Smith (este actor sabe hacer reír y llorar con la misma intensidad), consigue envolver al público en la trama y hacerle pasar casi dos horas con los ojos pegados a la pantalla.

A.M.N

martes, 8 de enero de 2008

LA CRISIS DE LA FAMILIA

Partimos de que una familia se puede entender como “la unión socialmente aprobada de un hombre y una mujer que forman un hogar para procrear y criar hijos”, según afirma el Doctor Castells en su libro Separación y divorcio. Efectos psicológicos en los hijos; cómo prevenirlos y curarlos. No obstante, con la legalización de las uniones homosexuales, el concepto de familia se ha ampliado considerablemente, con la aprobación de unos y el rechazo de otros.

La familia sirve a los miembros que la componen y a la sociedad. En concreto, el modelo que existe ahora es el de la familia postpatriarcal (también conocida por algunos autores como familia individualista), que es aquella en la que la figura del padre cada vez tiene menor relevancia, bien por su ausencia prolongada del hogar (por el trabajo, básicamente) o porque la madre se hace cargo de casi todos los asuntos importantes.
En este tipo de familia, cada miembro tiene plena autonomía y busca un intercambio con su compañero/a, es decir, si da es porque espera recibir algo a cambio, aunque no sea de forma consciente. El divorcio es más común en esta unión familiar porque cada cónyuge reflexiona en todo momento acerca de lo que espera de la relación y lo que obtiene, lo que unido a la naturaleza inconformista del ser humano, genera un profundo malestar.

Este modelo matrimonial se mantiene por el trabajo de ambos progenitores, por lo que en algunos momentos, pueden chocar sus distintos intereses, lo que podría derivar en conflictos entre ellos. Hay casos en los que uno aporta más dinero al hogar que el otro o quizá, es más ambicioso y pone a su familia en un segundo plano. Esto multiplica las desigualdades familiares, el peligro de fracasar y, por si fuera poco, el matrimonio se hace más débil. La evolución de la familia postpatriarcal contribuye a la profundización democrática en nuestra sociedad, pues las opciones individuales cada vez son mayores.

Desde 1981, las separaciones y los divorcios se encuentran en una etapa de crecimiento, aunque son mucho más frecuentes las primeras.
En 1982, se estimaba que en nuestro país había un 5% de matrimonios que tenían problemas graves, lo que significaba unas 400.000 familias en crisis de los 9 millones que había en total. A partir de los años setenta, la fuerte aparición de rupturas y divorcios, influía aún más en la estructura de las familias españolas, que hasta entonces, parecían sólidas (en mi opinión, esa aparente estabilidad respondía más a la idea que tenían los cónyuges de “hacer lo correcto” para evitar la crítica de la sociedad, que a la verdadera ilusión por permanecer juntos).

Los datos del Instituto Nacional de Estadística son bastante reveladores: en 1999, se registraron 42.390 separaciones y 26.386 divorcios. En ambos casos, la mayoría en Barcelona y Madrid, y de mutuo acuerdo. No obstante, hay un considerable número de casos en los que la mujer rompe la relación (en el año 2004, de las 12.212 peticiones de divorcio que se formularon en Madrid, 3.276 fueron presentadas por mujeres, 2.126 por hombres, y el resto de manera conjunta).

Actualmente, la familia se encuentra en crisis, en un período de transformación. Los matrimonios han descendido, las parejas se casan con mayor edad que hace años (según datos del INE, en 1975 la edad estaba en torno a los 24 ó 26 años mientras que en el 2000, había subido a los 29 ó 30), han aumentado considerablemente las familias de hecho y cohabitación, y como he comentado en la introducción de este texto, ha disminuido la natalidad (este hecho puede hacer que una crisis de pareja que podría superarse fácilmente acabe en ruptura). La unión entre los cónyuges progresivamente es más inestable y débil, y la familia tradicional (hoy la conocemos como familia nuclear o conyugal: padre, madre e hijos) ya no es tal y como era antes.

La multiplicación de los divorcios, además, ha favorecido un considerable aumento de las familias monoparentales, que son aquellas formadas por un solo progenitor y los hijos. Este tipo de hogar puede surgir como consecuencia de una separación, pero cada vez es más habitual que una persona decida voluntariamente ser padre o madre soltero, mediante la adopción (por otro lado, muy necesaria en los países con extrema pobreza) o buscando una pareja ocasional para tal fin. Con la creciente liberalización de las mujeres, ya no sorprende que éstas decidan unirse a un hombre para tener un hijo y criarlo solas, pues no desean compartir su vida con nadie, sino únicamente ser madres y mantener su independencia.

También, han crecido las uniones que se reducen a la pareja, como pueden ser el matrimonio formado por hijos que ya se han ido de casa, el que no quiere tener descendencia por muy diversos motivos y el matrimonio homosexual, que se legalizó en nuestro país el año pasado.
Así las cosas, en general, en las dos últimas décadas, la formación de familias en Europa ha crecido, aunque ahora su número de miembros es menor (apenas 3 personas). España es el tercer país del continente con las familias más numerosas.

La familia actual
Ya que los hogares se encuentran en crisis, con el fin de dar mayor seguridad y estabilidad a la familia, el Gobierno ha establecido una serie de medidas, como la Ley de Conciliación de la Vida Familiar y Laboral (aprobada en 1999) y la mejora de la protección familiar de la Seguridad Social, entre otras.
Por otra parte, el Plan Integral de Apoyo a la Familia 2001- 2004 persigue cuatro objetivos principales: mejorar la calidad de vida de las familias, fomentar la solidaridad intergeneracional, apoyar a las familias en situaciones difíciles y apoyar a la familia considerada garantía de cohesión social. Asimismo, es importante ofrecer protección a aquellas familias sometidas a algún tipo de violencia por parte del padre, la madre o los hijos (cada vez es una más habitual que los niños muestren su rebeldía con actitudes crueles hacia sus progenitores, que en ciertos casos, pueden provocar depresión y miedo en éstos), y también, favorecer el acceso a la cultura en los hogares, lo que garantiza el acceso a la cultura por parte de la sociedad.

Si nos centramos en el interior de la familia y en las relaciones que se establecen entre sus miembros, podremos entender mejor la raíz de la crisis familiar, que no solo depende de las ayudas económicas que pueda recibir el hogar, sino de su propia estructura interna.
Cada uno de los integrantes de la agrupación familiar, forma parte de ella, y por tanto, pierde una parte de su independencia como individuo (no obstante, nuestra sociedad individualista nos “empuja” a pensar cada vez menos en los demás; hay una tendencia al egoísmo). Lo correcto sería que cada miembro hiciera cualquier tarea cotidiana pensando en su familia antes que en sí mismo, aunque es cierto que cada vez se intentan combinar mejor los deseos de unos y otros. La mujer suele tener más limitaciones en este aspecto, pues si se centra en su vida profesional, tendrá que esperar para ser madre (debe sacrificar una de sus ilusiones), mientras que para los hombres, su profesión y su familia se complementan.

También, hay que tener presente que en un matrimonio, el hombre y la mujer ven su vida en común de manera diferente, de acuerdo con sus pensamientos y expectativas. De esto se extrae que cada uno reflejará en sus hijos su propia concepción de la familia. Ahora, la prioridad de la mujer no es casarse y ser madre, sino tener un buen futuro profesional que le permita desarrollar sus cualidades en el mundo laboral, por lo que concibe la familia como algo secundario en su vida. Así pues, hombres y mujeres empiezan a acercar sus prioridades.

Cada familia tiene sus propias pautas de comportamiento y su particular modo de resolver los problemas, tanto en el seno de ella, como frente a los demás Todos los hijos de una familia reciben la misma educación, que se ajusta a los valores y principios que defienden sus padres, y que les marcarán el camino a la hora de desarrollar su propia vida. A veces, se da una relación más profunda con uno de los progenitores, lo que puede deberse a que exista un mayor grado de entendimiento o pase más tiempo junto a él. Esto se acentúa si los padres deciden divorciarse, aunque considero que no tendría que ser así porque al fin y al cabo, el niño es de ambos, no de uno solo, y es importante favorecer una relación estrecha e igual con él, en cualquier situación.

La familia tiene que enfrentarse a presiones internas, debido a los cambios que sufren cada uno de sus miembros (crecimiento de los niños, muerte de los abuelos, alguna tragedia, etc) y a la vez, a presiones externas, en función de sus relaciones con la sociedad (en nuestro país, la familia recibe menos ayudas económicas por parte del Estado que en el resto de Europa: tan solo 123 euros de media por persona).
A medida que evoluciona una familia, se hacen más fuertes sus tradiciones, costumbres, y son más inevitables los cambios (por ejemplo, la emancipación de los hijos).
La vida en familia hay que cuidarla diariamente para que lo que comenzó con la máxima ilusión perdure en el tiempo con unos cimientos cada vez más sólidos. El diálogo es básico en el seno de la familia, no solo entre la pareja, sino también con los hijos.

A pesar de lo que pueda creerse, los enfrentamientos entre los cónyuges son positivos para que puedan madurar juntos y fortalecer los vínculos que los unen. Considero que una familia que haya superado multitud de baches se mantendrá unida mucho más tiempo.

Convivir para conocerse
En los últimos años, se ha producido la explosión de formas de vida en común sin vínculos matrimoniales y sin que la llegada de un hijo obligue a las parejas a formalizar legalmente su situación.
Ahora el matrimonio supone apoyo emocional y se contrae para alcanzar la felicidad con la otra persona (aunque es cierto que en los últimos años han crecido los matrimonios de conveniencia. Es una elección personal (1) y se puede contraer incluso de manera simbólica (quienes conviven hacen vida de casados, aunque no lo estén legalmente).

Hay quien afirma que la cohabitación juvenil es la mejor solución para el problema actual de la familia. Considero que esta afirmación puede venir justificada porque al no existir lazos matrimoniales, de compromiso y por tanto, de obligación entre los miembros de la pareja, el grado de entendimiento entre ellos puede ser mayor y los problemas pueden reducirse significativamente porque ninguno se sentiría “atado”.

A menudo, el matrimonio se percibe como una pérdida de libertad e independencia que a la larga, pasa factura, y puede dar lugar al divorcio. En la cohabitación, esto no ocurre, o si se da, es en menor medida. Un hecho importante, que puede parecer contradictorio, es que cuanto más se basa la pareja en el amor, es más fácil que se rompa. Creo que la razón que explica esto es que el amor a veces hace egoístas a las personas, que exigen más de lo que su pareja puede darles.

Desde mi punto de vista, la cohabitación resulta muy positiva porque permite a la pareja conocerse en mayor profundidad mediante el contacto diario y el hecho de compartir momentos agradables de convivencia, pero también problemas. Supone una “prueba” para adaptarse al otro y a sus costumbres. Muchos se toman en serio esta experiencia, pues quieren continuar con la otra persona sin convertirse en un matrimonio, pero para otros, tan solo es un intento que no tiene futuro.


[1] En el año 2005, tuvieron lugar en España 259 uniones matrimoniales por conveniencia, lo que supone un crecimiento de un 119% desde el año 2000 hasta la actualidad. Estos enlaces tienen lugar, sobre todo, entre españoles/as y sudamericanos/as o marroquíes y suelen llevarse a cabo por solidaridad o por motivaciones económicas para que los extranjeros obtengan la nacionalidad. Quienes desean conseguir la nacionalidad deben pagar al otro 3.000 euros aproximadamente, y son muchos los que, aunque no lo harían, se muestran a favor de este tipo de uniones. (Diario 20minutos, 20 de abril de 2006, página 13).
A.M.N

domingo, 23 de diciembre de 2007

BLANCA NAVIDAD (cuando nieva)

Y cargada de tentaciones: turrón (de queso con arándanos, me encanta), polvorones (de todas clases: ahí no hago distinción), bombones, mazapán, frutos secos, dátiles (que no me gustan, pero ahí están), roscón... la lista es interminable. Bien podría distribuirse esta cantidad insana de comida calórica a lo largo de todo el año y no venderse de golpe. Así no hay quien dosifique las raciones ni se resista... total, al final acabas con un empacho de susto y mirando los dulces con cara de asco, como si ellos tuvieran la culpa de tu gula descontrolada. Porque... a ver si alguien se atreve a decirme que come todo esto porque tiene hambre... de eso nada, los dulces navideños se comen por vicio, porque están encima de la mesa, en una bandeja estratégicamente colocada a la altura de la vista y que no deja tiempo de escapatoria. Da igual que sea en casa propia o ajena: siempre nos llevamos algo a la boca ya que, si por casualidad, nos olvidamos de que la bandeja está ahí (todo es posible), ya se encarga el anfitrión de ponérnosla en la cara e insistir para que cojamos algo. Y claro, quién va a decir que no, para que piensen que estás a dieta o tienes anorexia (que seguro que lo pensarán). Sólo te quedan dos opciones: o te inventas que tienes un empacho de campeonato (lo cual resultaría bastante creíble en estas fechas) o sucumbes a la tentación. Pero, eso sí, que luego nadie se queje de que ha ganado dos o tres kilos... porque al fin y al cabo es lo que toca.

Feliz Navidad a todos!!!Y Feliz 2008!!!

A.M.N

sábado, 1 de diciembre de 2007

EL PERFIL DEL CONSUMIDOR DE CIRUGÍA ESTÉTICA EN ESPAÑA

El culto al cuerpo y el deseo de estar delgados son dos ideas muy presentes en la mentalidad de nuestra sociedad. La población ya no sólo compra bienes materiales o alimentos, sino que también paga un precio por su belleza (los costes no los cubre la Seguridad Social) y asume que los resultados que se obtienen por medio de la cirugía son para toda la vida, ya sea para bien o para mal. Las intervenciones estéticas aparecen como una nueva forma de inversión que ha incrementado su oferta como consecuencia de la gran demanda de los últimos años. Prueba del valor que ha adquirido este tipo de cirugía es que para calcular la inflación, ahora el Gobierno también la incluye como producto de consumo.

Las primeras muestras de este tipo de cirugía se remontan a la antigüedad, pero es a partir de los años setenta y ochenta cuando empiezan a popularizarse y valorarse, sobre todo, por la influencia de los medios de comunicación, la publicidad y el cine.
El consumo y las necesidades personales: teorías
El valor fundamental de la sociedad industrial es el consumo, y por tanto, los individuos que la componen sienten el deseo o la necesidad de adquirir bienes y servicios para integrarse en ella. El profesor Horovitz distingue entre necesidades implícitas y explícitas. Las primeras se relacionan con las características del producto o servicio y las segundas engloban todos los beneficios que obtiene el cliente, también llamados prestaciones. Además, el autor añade que lo que percibe o siente el individuo antes de consumir cambia sus necesidades, y al mismo tiempo, transforma la idea que tiene acerca de lo que le van a ofrecer, es decir, sus expectativas.
Según los economistas, los medios o recursos son necesidades y, a la vez fines, y tal como la definía Robbins, la economía trata de estudiar cómo se pueden utilizar cosas necesarias para obtener cosas también necesarias. A partir de esta idea, se extrae que la necesidad mueve la economía y el comportamiento de consumo.

Desde la perspectiva de la psicología y la sociología, existen diversos postulados o teorías acerca del comportamiento del consumidor.
Una de las más conocidas es la teoría de las necesidades de Maslow, que habla de cinco necesidades básicas del ser humano para ser feliz: fisiológicas, de seguridad, de aceptación social, de prestigio o éxito y de autorrealización o creación. Las necesidades fisiológicas deben estar satisfechas para que, progresivamente, el individuo sienta las demás, por lo que no es habitual pasar de unas necesidades a otras sin seguir el orden que se establece. En relación al tema de la cirugía estética, el cliente no tendría la necesidad fisiológica de operarse (pues este tipo de necesidad se asocia a algo biológico, como el hambre), por lo que directamente pasaría a sentir la necesidad de estar seguro (en este caso, con su cuerpo), ser aceptado por la gente de su entorno y que ésta le valore de algún modo y, finalmente, sentirse realizado con lo que ha conseguido.

El consumo es una acción social, es decir, varios individuos reaccionan ante el acto de compra y le dan un sentido personal. Para Weber (1995: 47), la acción social se puede comprender de acuerdo a cuatro criterios: su finalidad racional, su valoración racional, su carga emocional y su tradición. Por tanto, cuando una persona consume no sólo atiende a sus necesidades y deseos, sino también a sus hábitos, sus costumbres, los objetivos que persigue, la utilidad, etc. En cualquier caso, las acciones siempre persiguen una finalidad deseada de forma subjetiva por cada uno, aunque también pueden tener resultados imprevistos (como, por ejemplo, desilusión después de la compra, si no se ajusta a lo que se buscaba).

En el campo de la psicología, el enfoque humanístico-existencial sostiene que el consumidor busca la autorrealización con su actitud de compra, que es una de las necesidades de las que habla Maslow. El individuo es libre y bueno y, cuando consume, sólo busca sentirse bien consigo mismo, aunque después la sociedad le corrompe y le lleva a consumir porque los demás lo hacen, sin pensar si necesita hacerlo o no.
Otra teoría destacada y que se relaciona con la psicología es el conductismo, que estudia al individuo a partir de su propia conducta, mediante la introspección, es decir, el estudio de la experiencia desde el interior de la persona. La conducta surge a partir de un estímulo (mensaje comercial) que genera una respuesta (consumo) y el individuo se siente realizado cuando le valoran los demás al adquirir un bien o servicio, y frustrado cuando no puede satisfacer sus necesidades.

La psicología social defiende que la influencia de la sociedad y del grupo es fundamental para conocer la actitud de consumo de cada persona que lo integra.
De forma específica, la sociología sitúa al hombre en una posición dentro de la estructura social, en la cual existen unas normas de vida y de conciencia que él aprende. Para comprender el hecho de que los seres humanos necesitan consumir, existen algunos postulados sociológicos como los que dicen que las personas tienden a maximizar su satisfacción física, su felicidad y su bienestar (buscan maximizarlo mediante la compra), valoran más las actividades que les dan algo a cambio (como reconocimiento social o recompensas, que pueden lograrse a través del consumo), la estructura social marca el límite en la adquisición de bienes y servicios que les satisfacen, y las preferencias e intereses de cada uno orientan su comportamiento por encima de lo que deseen otras personas de su entorno, siempre que no coincidan con sus propios deseos.
Mead afirma el individuo nunca podría existir y expresarse fuera del medio social, pero al mismo tiempo, sus experiencias son subjetivas y personales y en cada situación actúa de un modo propio y único. Así pues, aunque dentro de un grupo social determinado, el individuo conoce sus necesidades de consumo y busca la forma de satisfacerlas.


La segmentación del mercado de cirugía estética
Para obtener buenos resultados todo mercado debe someterse a una segmentación, que consiste en dividir el conjunto de consumidores totales en grupos de individuos más pequeños y que comparten los mismos intereses, es decir, homogéneos. Según Horovitz, lo primero que hay que hacer es conocer bien a los clientes, así como saber qué buscan, qué necesitan y con qué estarán del todo satisfechos (2000:1).
El proceso de segmentación se divide en tres fases: estudio, análisis y preparación de perfiles. Para clasificar a los consumidores, los mercados hacen estudios cualitativos tales como las entrevistas a clientes o el análisis de agrupamiento; éste último se hace para conocer sus prioridades y qué características demandan. Además, también, se puede recurrir a la observación (estudiar cómo se comportan ante determinadas situaciones) o la auto-selección (ver lo que se deduce de sus acciones).
Un estudio bien hecho distingue tres grupos: los consumidores habituales, los consumidores posibles y los desorientados o perdidos. Por otro lado, en cuanto al nivel de satisfacción o cobertura de sus necesidades, los clientes pueden ser de cinco tipos que van desde el que está absolutamente satisfecho hasta el insatisfecho.

En el mercado de la estética, los demandantes comparten la necesidad de cambiar su aspecto físico y de esa manera, componen un segmento estratégico que da como resultado el mercado de referencia y segmento objetivo al que deben dirigirse las empresas que ofrecen estos servicios de belleza para garantizar que sus mensajes puedan llegar a la mayoría de sus clientes potenciales y tengan éxito.
Los miembros de un determinado segmento tienen deseos, ilusiones y hábitos de compra parecidos y suelen pertenecer a la misma clase social, lo que facilita poder satisfacer sus necesidades de una forma más precisa. Esto significa que tienen un perfil, es decir, una serie de rasgos que permiten estudiarlos en profundidad y poner a su alcance los servicios. Sin embargo, aunque cada segmento tiene unas características similares, no todos sus integrantes van a tener el mismo comportamiento de consumo en todo momento, sino que cada uno tendrá sus preferencias. Por tanto, se debe hacer una segmentación que tenga en cuenta distintos criterios como el nivel adquisitivo, el lugar de residencia o la edad de los consumidores. Así, se forman varios segmentos que definen tipos concretos de clientes: por ejemplo, en el mercado de la cirugía estética, la demanda la puede formar desde un cliente joven, con pocos ingresos, que se opera para lograr mayor atractivo, hasta el consumidor maduro, de clase alta que se hace retoques para retrasar el envejecimiento. Son segmentos muy diferentes, pero con unas necesidades que quieren satisfacer.

Las clasificaciones que se pueden llevar a cabo son numerosas, pero el objetivo que se persigue con ellas siempre es el mismo: incrementar la demanda o, al menos, mantenerla.

La búsqueda de un cuerpo perfecto
En la actualidad, el culto al cuerpo está muy presente en las sociedades occidentales. De acuerdo con los cánones de belleza actuales, los consumidores buscan tener una figura perfecta que ahora se vincula con estar delgado, bronceado y tener una piel firme, entre otras ideas. Según el Barómetro de consumo 2007, el 20% de las mujeres suele comprar productos de belleza corporal, frente al 1% de los hombres. A pesar de este bajo porcentaje, otros datos reflejan que los hombres cada vez se cuidan más: hace ocho años, sólo el 5% de ellos se sometía a una foto-depilación y ahora son el 35%.
En general, las personas que más se cuidan tienen entre 20 y 40 años y pertenecen a la clase media.
Para conseguir una apariencia más atractiva muchos siguen estrictas dietas, acuden diariamente al gimnasio o se dan sesiones de rayos uva. En los últimos años, está creciendo el número de personas para las que todo eso no es suficiente y piensan en retocarse por medio de la cirugía estética (que es distinta a la cirugía plástica, que se lleva a cabo para corregir malformaciones o quemaduras, no por cuestión de belleza). Los individuos demandan este servicio, y como consecuencia, el negocio está a su plena disposición: los clientes deciden.

Desde siempre, la belleza se ha identificado con la perfección, tanto a nivel físico como espiritual, y además, está asociada a la juventud. Forma parte de la cultura, es decir, se ha aprendido socialmente, es una pauta de comportamiento. Algunas personas se niegan a aceptar el paso del tiempo y que éste se manifieste en su apariencia física, y así, muchas de las actividades que hacen diariamente tienen como fin retrasarlo. Para eliminar las arrugas y las líneas de expresión, es muy popular el tratamiento con Botox, que se ha incrementado un 50% en los últimos meses: España es el país europeo donde más se recurre a esta técnica que, además, es la más utilizada por los hombres.
En opinión del periodista Torres, permanecer joven físicamente para siempre es imposible, aunque hay quien se atreve a afirmar lo contrario, como la doctora Vicario, que sostiene que ella y sus cirujanos casi han encontrado el secreto de la eterna juventud, a través de un complejo análisis del estado del organismo de cada cliente, lo que permite hacer un tratamiento totalmente personalizado. Habla de “dar más vida a los años” (2007: 37).

Hay un pequeño grupo de individuos que consideran que lo más importante en su vida es mostrar una imagen física atractiva que les proporcione el respecto e incluso la envidia de los que están a su alrededor. Son personas que se operan una y otra vez y, sin ser conscientes, entran en un círculo vicioso consumista del que no son capaces de salir y que les conduce a buscar cada vez más retoques en el quirófano. Nunca satisfacen sus necesidades porque realmente no saben lo que buscan con cada intervención. Tienen el perfil del adicto, que se explica con detalle más adelante.

Los resultados suelen ser buenos cuando se trata de retocar algún pequeño defecto corporal que nada tiene que ver con el paso de los años. Es el otro propósito de la cirugía: aumentar o reducir el tamaño de los pechos, del trasero, de las orejas, de la nariz, etc. Son operaciones con un coste económico elevado, que intentan resolver un complejo y cumplir un deseo muy personal de cada paciente. Según opina el doctor De Benito, no tiene porqué ser una obligación asumir la huella del paso del tiempo ni conformarse con la propia naturaleza, porque si al individuo le inquieta más lo que ve en el espejo que pasar por el quirófano, debe tomárselo en serio y decidirse.
Un buen consumidor de estética es aquel que sabe con exactitud lo que quiere conseguir con la intervención quirúrgica, tiene una personalidad fuerte y una imagen muy clara de sí mismo y comprende y asume los resultados de la operación. Si todos estos requisitos se cumplen, el siguiente paso es pensar en qué le beneficiará y en qué le perjudicará la cirugía, y a continuación, tomar la decisión definitiva.

En esta sociedad, hay un gran deseo de modificar el cuerpo, y los datos porcentuales hablan por sí mismos. Alonso- Fernández recoge que el 85% de las chicas y el 40% de los chicos no están gusto con su cuerpo, y sin distinción por razón de sexo, el 90% del total tiene una imagen desproporcionada de él. Estos porcentajes indican que el tema preocupa más a mujeres que a hombres, pero la situación ha empezado a cambiar.


El perfil del consumidor de estética
El sector de la cirugía está en pleno auge ya que cada año mueve más dinero y atrae a más consumidores (una prueba está en los 2,6 millones de euros de beneficio que ha obtenido el centro Corporación Dermoestética, de enero a marzo de 2007). La demanda crece, pero según datos del Barómetro de consumo de 2007, sólo el 2% de la población total se ha sometido a una operación de estas características en el último año.
Sin embargo, España es el país de la Unión Europea donde más retoques quirúrgicos se llevan a cabo para mejorar el aspecto físico y, además, ocupa el cuarto lugar en el mundo por número de intervenciones. El año pasado tuvieron lugar 375.000 operaciones (más o menos 882 al día) con un coste medio de 2.000 euros cada una y se ha calculado que éstas crecieron entre un 8 y un 10% en relación a años anteriores. En la Comunidad de Madrid, hay unas 650 clínicas privadas que ofrecen este servicio.
Por zona geográfica, donde hay un mayor porcentaje de intervenciones es en Madrid, Galicia e Islas Canarias, con un 3% de la población total, que vive, en su mayoría, en hábitats de entre 10.000 y 50.000 habitantes, según datos del Barómetro de consumo 2007.

Los expertos han observado que los clientes de cirugía son, en gran medida, personas solteras que se retocan con el objetivo de encontrar pareja y también, individuos maduros que se preocupan especialmente cuando llegan a los 40 ó 50 años.
Según datos de la Sociedad Española de Medicina Estética (SEME), también está creciendo el número de jóvenes que pasan por las consultas, especialmente, los que siguen tratamientos con láser (depilación, eliminación de manchas, etc.). Porcuna, presidente de la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética (SECPRE), afirma que “las quinceañeras quieren llevar implantes mamarios, operarse la nariz…, pero no hacemos intervenciones salvo en contadas excepciones” (2007:7).

El 80% del total de pacientes son mujeres, que se someten principalmente a aumentos de pecho (en 2006, se vendieron 30.000 prótesis mamarias y se operaron 3.000 mujeres con resultados muy buenos, según los expertos españoles) y liposucciones, sobre todo, cuando empieza la primavera o se acerca el verano, que es cuando se muestra más el cuerpo. A estas dos intervenciones le siguen las de contorno de ojos, nariz y el lifting.
El perfil de edad mayoritario, con un 60%, lo componen las mujeres de entre 20 y 50 años, y sólo el 28% supera esa edad.
Los hombres también se operan, aunque en un porcentaje bastante menor: sólo un 20% se decide y lo hace de las orejas o la nariz, mientras que los más maduros se suelen centrar en los párpados y el abdomen. Además, están aumentando las intervenciones para reducir las arrugas y las bolsas de los ojos. El perfil de edad está en los 25 y los 40 años y son hombres con un nivel socioeconómico medio-alto. En especial, se han incrementado los pacientes que rondan los 40 años (que sufren la llamada “crisis de los cuarenta”) que tratan de disimular su edad por medio de las operaciones para eliminar el exceso de grasa. Otra de las mayores preocupaciones masculinas es la calvicie, por lo que ya hay muchas clínicas que se dedican a hacer injertos.
Según el doctor Jesús Benito Ruiz, especialista desde 1993 en Cirugía Plástica Estética y Reparadora, hace unos años los hombres se sometían a rejuvenecimientos faciales y ahora se inclinan por los implantes corporales y las liposucciones.

En cuanto a su estatus social y económico, el perfil de los consumidores en este negocio ha cambiado ya que según Porcuna, se está produciendo una “frivolización” de estas operaciones porque ahora la gente de a pie recurre a intervenciones a las que antes sólo se sometían los personajes públicos o del mundo artístico. Los famosos y los deportistas (sobre todo, futbolistas) siguen encabezando la lista de hombres operados, pero ya no son los únicos.
Hace unas décadas, operarse se veía como un lujo del que sólo podían disfrutar unos pocos con un elevado nivel económico, pero hoy en día está al alcance de la clase media porque casi todas las clínicas dan muchas facilidades de pago y los precios han subido muy poco en los últimos años. Casi cualquiera que lo desee, se lo puede permitir. Por eso, Torres opina que “la cirugía estética y los implantes dentales han conseguido que todas las señoras de una determinada edad y estatus social tengan la misma cara, petrificada en un gesto inmóvil que suplanta cualquier atisbo de espontaneidad” (2007:10).
Espacios televisivos como, por ejemplo, Cambio radical, han mostrado al público que la cirugía ahora es más accesible. El problema, según los médicos, es que programas como éste muestran que las intervenciones “parecen fáciles, sin riesgos, sin complicaciones y que se le pueden practicar a todo el mundo” (2007:16). Aunque no hay peligro de muerte por cirugía estética, los fallecimientos se dan y suelen deberse a complicaciones que se producen posteriormente. Según la información del Instituto Nacional de Estadística (INE), en el año 2004, murieron 39 mujeres y 37 hombres por esta causa, y según datos de La Asociación El Defensor del Paciente, el año pasado se recibieron más de 900 llamadas de clientes insatisfechos.

Por otro lado, menos frecuente es la persona adicta a la cirugía, pero también existe. El individuo que pertenece a una clase social alta con un elevado poder adquisitivo y se mueve en un ambiente donde la apariencia física es fundamental tiene más probabilidades de convertirse en adicto al quirófano, en su “lucha” por ser el más atractivo de su grupo social y demostrar a los demás que tiene los medios a su alcance para conseguirlo.
Un adicto a la cirugía estética, según la psicóloga García Agustín, es aquel que nunca se ve del todo bien cuando se opera, que siempre quiere probar los productos y tratamientos más nuevos, que se aterroriza cuando su médico le dice que no pueden volver a intervenirle, pasa por alto los riesgos, trata de parecerse físicamente a otras personas y sobrepasa sus propios límites para lograrlo y sólo se quiere a sí mismo por su físico, lo que considera su única cualidad. Afortunadamente, este perfil se da en casos aislados.

El hecho es que el número de consumidores de este negocio ha crecido, pero en una encuesta realizada por el portal de Internet del diario gratuito 20minutos, se observa que hay aún mucha gente indecisa o que no confía en estos servicios. En dicha encuesta, hecha a 517 lectores, sólo el 36% afirmó que recurriría a la cirugía para mejorar su imagen, mientras que más de la mitad prefería un aspecto natural, sin implantes.
Según el Barómetro de consumo 2007, en torno a un 17% no se ha operado todavía, pero lo haría si lo hubiera pensado o se hubiera decidido y un 81% ni siquiera ha pensado en ello.

En cualquier caso, para los españoles en general, verse y sentirse atractivos está entre sus diez prioridades en la vida.


Conclusiones
La sociedad occidental se mueve por la búsqueda de una bonita apariencia física y como consecuencia, los consumidores plantean cada vez nuevas necesidades e invierten más dinero para sentirse más atractivos. De momento, sólo el 2% de la población total se somete a cirugía, pero cada vez son más los que piensan en hacerlo.
El perfil de los consumidores ha cambiado: ya no sólo son las mujeres las que se operan para incrementar su atractivo y autoestima, sino que también lo hacen los hombres y cada vez en mayor medida. A su vez, dentro del sector masculino, ha habido cambios en las zonas corporales que se desean operar: antes el objetivo era eliminar las arrugas del rostro y ahora se preocupan más por el resto del cuerpo.

Por la influencia de la televisión, el cine y la publicidad, se aprecia otro cambio en el perfil del consumidor: antes la mayoría de los clientes pertenecían al mundo artístico; ahora, las operaciones están al alcance de la clase media. También, ha crecido el número de jóvenes (más chicas que chicos) que pasan por el quirófano y el de clientes que padecen la llamada “crisis de los cuarenta”.

Además de los datos positivos, este tema también ha puesto de relieve uno de los problemas más graves del siglo XXI: la adicción a la cirugía que padecen ciertos consumidores y que puede ser tan difícil de tratar como cualquier otra adicción.

Se prevé que, año tras año, se van a producir más cambios, en cuanto a número de clientes por sexo, edad y clase social. En unos pocos años, casi la mayor parte de la población conocerá los métodos y técnicas para mejorar su cuerpo, tendrá mayor facilidad para pagarlas (si la demanda sube, el precio tenderá a bajar o, al menos, a estabilizarse) y el consumo de estos servicios podrá ser habitual.
A.M.N