sábado, 9 de agosto de 2008

EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS

John Boyne.
Traducción de Gemma Rovira Ortega.
Publicaciones y Ediciones Salamandra S.A. 2007.
219 páginas. Novela.


Cómo ve el horror un niño

Si hay un adjetivo que define a la última novela de John Boyne El niño con el pijama de rayas es sorprendente. Esta novela se ha traducido a treinta idiomas y dentro de poco Miramax/Disney la llevará a la gran pantalla bajo la dirección de Mark Herman. No es de extrañar que haya sido un éxito de ventas en medio mundo y aspirante a varios premios.

La historia es todo un mundo de descubrimientos. En 1942, Bruno, un niño de nueve años, hijo de un comandante nazi, se muda con su familia a Auchviz y allí se hace amigo de un niño judío. La forma de escribir del autor, desde el alma de Bruno, conmueve desde la primera página. Usa un lenguaje cercano, sencillo, cargado de refranes y frases hechas, que es un reflejo de la mente inocente y sencilla de un niño que aún no conoce el mundo hostil y terrible que le rodea. Bajo la visión infantil de Bruno, la realidad se disfraza, lo más cruel tan sólo parece curioso y las diferencias raciales no existen.

El lector encuentra en esta novela un instrumento perfecto para recordar lo que aprendió en los libros sobre los años de la Primera Guerra Mundial. Es un esfuerzo constante de la memoria porque nada queda claro por escrito, sino que los hechos históricos resurgen de los propios recuerdos del lector. Eso lo convierte en un libro atrayente, que se lee de un tirón, casi sin pestañear y con emoción.

El autor de este libro acostumbra a trasladarnos a épocas históricas como sucede en su libro El ladrón de tiempo, en el que el protagonista vive períodos como la Revolución Francesa o la Gran Depresión durante sus más de 200 años de existencia, aunque el tiempo no parece pasar por él. También muestran momentos históricos Crippen y Parientes más próximos, ambas ambientadas en Inglaterra y que narran misterios y asesinatos de la época.

El niño con el pijama de rayas es un homenaje a la inocencia, un ejemplo de que a veces uno es más feliz si ignora la parte negativa de la vida y no conoce los prejuicios. Refleja el respeto a la familia, la fuerza autoritaria del padre al frente de ella y la importancia de las normas para una correcta educación. Estos valores casi se han perdido con los años y hoy apenas perduran, pero han marcado varias generaciones.
A.M.N

domingo, 3 de agosto de 2008

La acción humana acabará con él si no se toman medidas de inmediato

EL OSO POLAR DESCENDERÁ UN 30% POR EL DESHIELO Y LA CONTAMINACIÓN

Este mamífero es una de las especies en mayor peligro de extinción del mundo, aunque aún no se ha reconocido como tal, de la que hoy en día quedan unos 25.000 ejemplares. La subida de la temperatura media global que provoca la fusión del hielo a través del cual puede desplazarse y cazar focas, la contaminación industrial y los pesticidas, entre otros daños, generan desplazamientos a zonas habitadas por el hombre para buscar alimento, casos de canibalismo, enfermedades e incluso la muerte.

La Unión Mundial para la Conservación de la Naturaleza (UMCN) ya ha emitido su pronóstico: en los siguientes 45 años, el número de osos polares que habitan el planeta se reducirá un 30%. Actualmente, estos animales están más delgados y tienen menos crías que hace dos décadas porque la subida de temperaturas como consecuencia del calentamiento global está reduciendo su hábitat. Según informes del WorldWatch Institute, hoy el hielo se derrite en mayor medida y en más sitios que en ninguna otra época de la historia. En la Bahía de Hudson, en Canadá, el hielo se fragmenta casi tres semanas antes de lo que era habitual hace treinta años lo que provoca que los osos no tengan suficiente tiempo para cazar e incrementar sus reservas de grasa para soportar todo el invierno, que allí dura ocho meses. De esta forma, sobreviven menos, se reproducen con menor frecuencia y además, empeora la calidad de vida de los cachorros. Los científicos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), integrado por 130 países, afirman que en el verano del año 2050 habrá desaparecido hasta el 60% del hielo marino.

El problema radica en la subida de las temperaturas, que también provocará imprevisibles catástrofes naturales, como huracanes, tifones, sequías prolongadas, lluvias torrenciales que ya se han dado en determinadas zonas en los últimos años. De acuerdo con el Cuarto Informe de Evaluación del IPCC (conocido como AR4), en el último siglo la temperatura media terrestre ha subido 0,74º C y se espera que aumente 0,2º C más cada década en los veinte años siguientes. Esto es mucho más intenso en el Ártico (Polo Norte), mientras que en el continente Antártico (Polo Sur), el efecto será en general, menor y más lento, salvo en la península antártica.
Así, en distinta medida, en los polos cuando la temperatura es mayor que el punto de congelación, es decir, más alta que el límite que hay entre el agua líquida y el hielo, y éste empieza a derretirse, la Tierra absorbe la radiación del sol, cuando antes la reflejaba. Así, se inicia un proceso que se retroalimenta, en el que cuanto más calor llega, más rápido se funde el hielo y al mismo tiempo, las temperaturas de los polos suben más deprisa que en la zona del ecuador. De este modo, la diferencia térmica entre estos dos puntos del planeta tiende a ser menor.

En el año 2004, los expertos del Consejo Ártico, formado por los ochos países que rodean esa zona (entre ellos, algunos donde vive el oso polar), hicieron un estudio y llegaron a la conclusión de que allí suben las temperaturas dos veces más rápido que en el resto del mundo. Esto se debe a que esta región es más débil y los ecosistemas que la componen tienen dificultades para adaptarse. La capa de hielo que protege el Océano glacial ártico ha disminuido su espesor un 42% en las cuatro últimas décadas y además, tiene un 6% menos de extensión.
Wieslaw Maslowski, investigador que dirige a científicos de la NASA, del Instituto de Oceanología y de la Academia de Ciencias de Polonia, sostiene que los glaciares del Ártico se fundirán en los veranos a partir de 2013. Si se derriten por completo, el nivel del mar podría ascender 7,3 metros. En la zona occidental de Groenlandia, el deshielo es mayor y un 30% más rápido desde 1979 y la cantidad que se ha fundido es dos veces el hielo que hay en los Alpes.
Las predicciones más pesimistas de la NASA apuntan a que en el año 2040 el hielo del Ártico ya no existirá. Mark Serreze, el científico principal del centro gubernamental de datos sobre nieve y hielo en Boulder, Colorado, afirma que “el Ártico pide ayuda a gritos”.

Esto pone en muy grave peligro la supervivencia del oso polar, que vive en su mayor parte en Canadá, pero también en la costa este de Groenlandia, en Alaska, Rusia y Noruega, lugares muy dañados por el cambio climático y que por sus temperaturas medias anuales por debajo de 0º C, están formados por permafrost, que es suelo helado permanente del que depende por completo este animal. Ya existen algunas pruebas que evidencian que el comportamiento del oso polar no es el mismo que hace años y que su modo de vida se está transformando por el calentamiento global.
Anatoly A. Kochnev, biólogo del Pacific Scientific Research and Fisheries Center de la región de Chukotka (Rusia) afirma que “el hábitat cotidiano de los osos polares se está reduciendo” porque “estos animales se acercan a la costa en busca de comida, y las principales fuentes de alimentos están donde la gente vive”. En Rusia, se desplaza a los pueblos del norte, lo que supone un gran peligro para sus habitantes.
Uno de los peores daños que sufre el oso polar lo apuntó Richard Steiner, catedrático de biología marina en la Universidad de Alaska, al diario The Wall Street Journal: “para cualquiera que se pregunta cómo el calentamiento global y la reducción del hielo afectará a los osos polares, la respuesta es sencilla: se mueren ahogados”. Algunos expertos del Servicio de Gestión de Minerales del Departamento de Interior de EE.UU, en septiembre de 2004, a través de un reconocimiento aéreo en el Ártico vieron diez osos polares nadando en el mar alejados del hielo. Cuando volvieron allí días más tarde encontraron a cuatro de ellos muertos en el agua. Por primera vez, los científicos han podido probar estas muertes en Alaska después de que estos mamíferos recorran grandes distancias a nado en busca de alimento. Resulta muy extraño que mueran así, ya que en los 25 años anteriores de vistas aéreas, sólo se vio un oso polar cada dos años nadando lejos de la costa.

Otra consecuencia del deshielo es el canibalismo. De nuevo en Alaska, y también en la parte occidental de Canadá unos investigadores descubrieron osos polares que se comían a miembros de su misma especie. Steven Amstrup, uno de los participantes en la investigación declaró a la cadena de televisión CNN que “durante 24 años de investigación en la región del norte de Alaska y 34 años en Canadá nunca habíamos observado que se mataran y se comieran para alimentar otras crías”. Un caso especialmente desesperado fue el de una hembra que tuvo que comerse a sus propias crías porque sus presas, las focas, estaban muy lejos por el deshielo y no tenía nada más de que alimentarse.

El cambio climático es hoy el peligro más directo para estos animales, pero también les perjudica la invasión de su hábitat, la caza y ciertos contaminantes procedentes de la actividad industrial en EE.UU, como pueden ser los pesticidas y algunos componentes químicos. La presencia de estas sustancias y el cambio climático están vinculados. Cuarenta investigadores de Seattle (EE.UU), en junio de 2005, afirmaron que los osos polares “son susceptibles a los efectos de los contaminantes” y que esos efectos podrían agravarse con el calentamiento global.
Por una parte, existen unas sustancias resistentes al fuego, que se acumulan en los tejidos grasos del oso polar (algunos componentes venenosos prohibidos les causarían cáncer, si se acumularan en gran cantidad), que se conocen como “retardantes de fuego”, difeniléteres polibrominados o PBDE, y cuya presencia en el Ártico es menor que en Norteamérica, pero aún así, según los científicos, su toxicidad permanecerá allí durante mucho tiempo porque tardan en descomponerse. Además, un grupo de científicos de Alaska, Canadá, Dinamarca y Noruega, basándose en el estudio de trece ejemplares de diez lugares diferentes, descubrió que los daños de los “retardantes de fuego” aumentaban cuando los osos se alimentaban de las focas, sus presas, que se los transmitían. Por otra parte, existen otras sustancias con características parecidas a las de los PBDE que hacen más débil el sistema inmunológico de los osos polares y afectan a su estructura ósea. Además, al incidir en sus hormonas sexuales, podrían provocar la aparición de osos hermafroditas, aunque en un número muy reducido. Aún se desconoce si todas estas sustancias les causan la muerte, pero los expertos creen que pueden ser causa de enfermedades y que la leche contaminada de estos mamíferos mata a las crías.
El este de Groenlandia y las islas Svalbard de Noruega reciben una mayor contaminación por estas sustancias químicas, presentes en el oso polar hasta diez veces más que en Alaska y cuatro más que en Canadá.

El gobierno norteamericano, que hasta ahora no tomaba en serio las consecuencias del cambio climático, mostró ya su deseo de incluir al oso polar entre los animales en peligro de extinción, aunque el periódico The Washington Post apunta a que esta propuesta se debe a la presión ejercida por organizaciones medioambientales. Para salvar a este animal, hay que detener el cambio climático, por lo que los países deberían reducir los gases de efecto invernadero. Sin embargo, la realidad es que desde el año 2000, la emisión de CO2 a la atmósfera por quemar miles de millones de toneladas de combustibles fósiles cada año es un 35% mayor de lo que se esperaba porque no se han cumplido los compromisos adquiridos en el Protocolo de Kioto, aprobado en 1997. En la actual Cumbre de Bali (Indonesia), el objetivo será fijar las ideas para un acuerdo que se firmará en 2009 y que sustituirá a Kioto en 2013.

Según Lara Hansen, científica del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), aunque el oso polar en realidad aún no se considera una especie en peligro, “es vital que la gente comience a tomarse la amenaza en serio”. Además, añade que “la gente no piensa en la conservación de las especies hasta que no quedan 500 ejemplares, pero en el caso de los osos polares tenemos una ventaja tremenda y es que estamos al principio del problema, por lo tanto podemos tomar medidas y podemos hacer algo para proteger a esta especie antes de que el número y su hábitat se hayan perdido y no se pueda hacer nada”.

En 1973, Canadá, Noruega, EE.UU y Dinamarca ya firmaron un acuerdo para proteger a este animal y, en la actualidad, Noruega tiene la intención de reunirse con otros países donde habita el oso polar para encontrar soluciones. Su futuro hoy está en nuestras manos y es necesario adquirir una conciencia global de que este animal podría desaparecer por completo a finales de este siglo.

LO MISMO ES PROHIBIR QUE POLEMIZAR

Muchos son los textos e intervenciones públicas que reflejan el racismo, el machismo o la defensa de una ideología, por poner varios ejemplos. Tan subjetivas son las opiniones y creencias de quienes leen o reciben esas ideas, que resulta totalmente absurdo prohibir o restringir su difusión. Porque es obvio que si se oculta o se dulcifica un aspecto que puede incomodar a algunos, se debería hacer lo propio con otro fragmento del contenido que podría molestar a otros. Y así, el proceso sería interminable.

Por ejemplo, hay bastantes críticos taurinos que alaban las faenas de los toreros, pero yo no soporto que se premie y se celebre el asesinato cruel y público de un animal. Muchos piensan como yo, pero no por ello nos colocamos frente a las plazas de toros de todo el país para pedir que sean derruidas ni solicitamos el despido de esos “periodistas” porque ante todo, prima la libertad de cada uno a expresar lo que siente al presenciar una corrida, aunque a mí me parezca descabellado.

El terrorismo, la violencia física y la xenofobia son quizá los temas más repudiados. Si, por casualidad, a alguien se le ocurriese dar motivos por los que una mujer merecería ser maltratada, todos nos llevaríamos las manos a la cabeza y seríamos capaces de mandar al misógino a un pelotón de fusilamiento. El problema es que, a veces, llevamos las ideas de otros a nuestra propia cabeza y nos indignamos hasta límites insospechados por pensamientos que no nos pertenecen. No obstante, las palabras se las lleva el viento y nadie se atreve a sostener por mucho tiempo una postura que despierta odios porque aunque no existe la censura como tal, sí existe el miedo a no decir lo políticamente correcto o a defraudar al prójimo.

Lo cierto es que el que se atreve a censurar o prohibir está haciendo un tremendo esfuerzo por provocar la confrontación y la polémica, ya que lo que no se critica ni se discute pasa desapercibido y en cierto modo, es como si no existiera. Además, si se atreve a limitar las opiniones de los demás, lo primero que debería hacer es mirarse al espejo y preguntarse si él es tan bueno como para decidir por otros. Aquí, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. .
A.M.N

EL SUEÑO MILEURISTA

Llegas a una entrevista de trabajo con el alma en un puño, y un bombardeo de pensamientos satura tu cabeza. Lo principal es convencer al interlocutor y acceder al puesto, pero ni siquiera te detienes a pensar en el sueldo que ganarás. Das por hecho que no será inferior a 1.000 euros, porque según dice el gobierno la mayoría de los jóvenes de hoy son mileuristas.

¡Qué preciosa palabra que te hace tan feliz! Vives en una lata de sardinas con este sueldo que consideras digno, eso, si en el mejor de los casos llegas a ganarlo, pero que superan con creces los jóvenes de otros países europeos. ¿De verdad crees que llegarás lejos con semejante cantidad?

Sabes que el dinero se desintegra en tus manos con cada nuevo gasto que acumulas cada mes y apenas tienes tiempo de guardarlo en tu cartera. Casi te saldría más rentable encerrarte en tu cárcel de oro para no gastar o bien vender el falso Picasso que cuelga de tu pared. Quién sabe, quizá lo confundan con la entrada a la tierra prometida y te conviertas en el más rico de tu pueblo.

En el fondo, aunque deseas ser mileurista, salir volando de casa de tus padres y tener una vida propia, te conformarás con las migas de pan que te den y agacharás la cabeza cuando te ofrezcan un mísero sueldo. No es tiempo para quejarse tal y como está la vida y eres consciente de que si no lo aceptas tú, lo hará otro. ¿O es que te crees el único ser humano sobre la tierra?

Las elevadas hipotecas de hoy tumban tus planes de mañana y te roban las ilusiones que tenías desde pequeño: tener una casa grande con piscina, un coche bonito y lujoso, un par de perros guardianes y una chica florero en tu despacho. En cualquier caso, respira con alivio porque al menos puedes decir que vives entre cuatro paredes y no entre cuatro cartones.

A.M.N


sábado, 29 de marzo de 2008

EL CINE DESDE MI PUNTO DE VISTA

Para mí el cine es un entretenimiento, un medio que me permite reflexionar y una forma ficticia de existencia paralela a la realidad. Nuestra vida diaria es monótona y aburrida y está cargada de problemas, obligaciones y responsabilidades. Para muchos, cada día promete ser nuevo a pesar de tener que ir a clase, al trabajo, a distintos cursos de idiomas, a la autoescuela o a hacer diversas gestiones. Al menos siempre hay algo o alguien que hace que una jornada no sea idéntica a la siguiente y a veces, se dan situaciones muy agradables, aunque no se repiten tanto como quisiéramos.

En la vida real, las cosas positivas ocurren pocas veces y no siempre son tan maravillosas como imaginábamos. Creo que a todos nos gustaría elegir cuándo y cómo deberían suceder y el cine es un medio que intenta cumplir ese deseo. Por eso, con gran acierto alguien hizo referencia al cine como “la fábrica de sueños” porque con frecuencia, a través de la pantalla, vemos imágenes buenas, escenas geniales o situaciones extraordinarias que nos hacen sonreír, aunque hayamos tenido un mal día. Un gesto o una mirada de los personajes que transmita alegría, ilusión o esperanza podría hacerme sentir lo mismo si el contexto en el que lo veo es propicio. Lógicamente, si me encuentro triste, no surtirá el mismo efecto que si estoy receptiva a lo que cada imagen puede ofrecerme.

El cine nos transforma de una manera que ni siquiera imaginamos en el sentido de que nos sumerge en un mundo ajeno, pero que vivimos como si fuera propio. Cuando voy a una sala, decido la película que quiero ver en función de su argumento o los actores y actrices que intervienen en ella, pero en el fondo, espero que esa cinta vaya más allá y refleje experiencias, situaciones o momentos que querría vivir. Por ejemplo, sé que nunca seré una heroína de cómic, pero me divierte mucho imaginarlo mientras veo a una mujer en la pantalla a la que todos respetan y temen gracias a su valentía. Por eso, el cine de súper-héroes me suele atraer ya que muestra hechos imposibles como si estuvieran al alcance de cualquiera y, en el fondo, detrás de todas esas escenas frenéticas e impactantes, comunica una serie de ideas y valores como el coraje, la astucia, la ambición o la perseverancia, que en determinadas situaciones me gustaría tener. Pueden ser imágenes de una heroína a la que parece que sólo le importa su apariencia física y cómo la ven los demás, pero yo veo otra cosa: sentimientos a través de los cuales puedo sentirme identificada.

Otras veces lo que busco en el cine es todo lo contrario: una historia que no tenga nada que ver conmigo, pero que me haga darme cuenta de cómo no me gustaría ser o lo que nunca haría. Tal es el caso de cualquier película de terror en la que el asesino interpreta un papel esencial que me impide centrar la atención en otro personaje que no sea él. El protagonista es tan opuesto a mí, que despierta mi curiosidad y es capaz de sorprenderme de tal manera que me mantiene pegada a la butaca. Destaco el personaje de Hannibal Lecter, el popular caníbal de El silencio de los corderos y otras cintas posteriores, capaz de atraparme y al mismo tiempo, hacerme odiar lo que él representa: un ser humano en contra de su propia naturaleza. En este caso concreto, la película no es ficción al cien por cien porque ya se ha hablado de casos de caníbales en la vida real, lo cual convierte la historia en algo aún más espeluznante y repulsivo, pero también más cercano.

En relación a esta conexión con la realidad, creo que el cine es básicamente ilusión o ficción, aunque con fragmentos de verdad. Considero que las películas que más se acercan a acontecimientos reales son las bélicas, las históricas y las biográficas, pero aún así, cuentan una verdad incompleta y lejana y dan una mayor importancia a lo que se han inventado los guionistas para enriquecer la historia. La razón de esto la veo sencilla porque, como he comentado al principio, la realidad puede ser aburrida, triste y monótona y ningún espectador quiere ver eso reflejado en la pantalla si no se acompaña de amor, emoción, sorpresa o alegría. Para sufrir durante dos horas sin recibir otro estímulo a cambio, prefiero quedarme como estoy o ver un documental basado en hechos probados, y si tengo que sufrir, hacerlo por mí misma en la vida real.

Una verdad ficticia la encuentro en Titanic, que ganó once oscars y que a pesar de contar el naufragio del famoso trasatlántico con una gran fuerza y emotividad, centró la mayor parte de su argumento en el amor que unió a sus protagonistas. Y sinceramente, pienso que ese fue el motivo de su éxito, no el hecho de mostrar la tragedia con imágenes. No obstante, las combinaciones entre amor y desgracia, especialmente si se dan en el cine histórico o bélico, me parecen preciosas.

Otro reflejo parcial de la verdad son las películas biográficas, que me permiten conocer en mayor profundidad a personajes célebres de la historia como inventores, músicos, políticos, ingenieros o pacifistas, entre otros. Tal es el caso de Howard Hughes, el famoso aviador interpretado por Leonardo DiCaprio en la cinta El aviador, en la que se muestran sus éxitos y su posterior decadencia. De los géneros que combinan realidad y ficción, pienso que el biográfico es el que más se decanta por la imaginación y el que menos nos acerca a lo real, pues me suele enseñar un personaje demasiado fascinante que me parece menos humano y menos creíble porque se exageran sus logros y se le muestra como alguien muy brillante e inaccesible.

El cine de compromiso social también refleja ciertos aspectos de la realidad, y además, los denuncia, por lo que pienso que se aproxima aún más al público. Es el caso de películas que narran temas como enfermedades graves, problemas con el alcohol, drogadicción, prostitución o prejuicios sociales. Este cine me da una lección de tolerancia porque muestra a personas marginadas en la sociedad como gente normal con sentimientos y necesidades, y lo hace a través de escenas en las que alguien siempre les entiende y se compromete con ellos para ayudarles. Por desgracia, en nuestra vida diaria no somos suficientemente solidarios y a menudo tenemos miedo de aquello que no conocemos y tampoco nos esforzamos por conocer. Estas películas me enseñan cómo debería comportarme ante problemas humanos de este tipo y me gustan porque son bastante verosímiles.

Desde otra perspectiva, pero también en relación a lo que aprendo con las imágenes, veo el cine infantil como un método de enseñanza ejemplar de valores básicos que todo niño debe tener. Todavía recuerdo películas que me mostraron el valor de la amistad, el respeto, la comprensión o el empeño por saber. Me refiero a cintas tan populares como Dumbo, Bambi o Matilda, realizadas para entretener y educar. Pienso que este es el cine más bonito que se puede hacer y, paradójicamente, creo que es el que menos se promueve porque siempre se suele dar mayor apoyo comercial a grandes producciones para jóvenes y adultos y se deja de lado lo que el cine infantil nos puede ofrecer.

En definitiva, no puedo quedarme con un solo tipo de cine porque cada vez que voy a ver una película busco un estímulo diferente que convierte el hecho de ir a una sala en un verdadero acontecimiento, en una situación de incertidumbre por averiguar qué me ofrecen, qué elijo y finalmente, qué veo y cómo lo veo. Una misma película me puede parecer completamente distinta según mi estado de ánimo o las personas que me acompañen a verla. Me influye mucho un mal horario, el ambiente de la sala o incluso lo que esté comiendo mientras porque si estoy a disgusto por cualquier motivo no me concentro igual en la historia y no me adentro en ella.
Pocas películas me transmiten una sensación profunda y especial porque la mayoría están concebidas principalmente para entretener. Las que se crean con el único fin de emocionar y llegar al espectador, suelen resultarme aburridas o demasiado largas ya que no tienen nada que ofrecer más que gestos, miradas y sentimientos, aunque me resultan todavía peores las que tienen escenas de silencios prolongados muy difíciles de digerir.
Hay ocasiones en las que las películas de este tipo me provocan el efecto contrario: me apasionan. No obstante, no puedo verlas más de una vez porque siento que pierden la esencia y el encanto del primer día. Esto me ocurre con El diario de Noah, que en mi opinión, está hecha para disfrutarla una única vez y en una sala de cine.


Considero que es necesaria una perfecta y equilibrada combinación entre profundidad y hechos para que no perciba que me he quedado estancada en una historia sin acción que no me va a aportar nada. Me refiero a la acción basada en los efectos especiales que ahora están de moda y también, a la sucesión de hechos que les ocurren a los protagonistas y que enriquecen aquello de lo que hablan.
Hay películas que debido a esa armonía en su contenido no me cansaría de ver nunca en el sofá de mi sala de estar, en un tiempo reservado sólo para mí y con absoluta tranquilidad. De esa forma puedo meterme de lleno en la piel de los personajes, y no me importa que ya haya visto antes la historia y sepa con antelación qué va a ocurrir porque gracias a eso podré descubrir cosas nuevas que la primera vez pasé por alto.


En ocasiones, al personaje principal le ocurre una desgracia que llega a conmoverme, pero cuyas consecuencias me alejan totalmente de la idea principal que yo tenía sobre la historia. Esa contradicción entre mi idea preconcebida del argumento y lo que ocurre de verdad, puede hacerme perder el interés por completo o engancharme todavía más. Las circunstancias en las que vea la película influyen en eso especialmente y hacen que me sienta como el protagonista o por el contrario, no esté nada de acuerdo con él.

Otras películas se centran en el humor absurdo y aunque, muestran situaciones realmente tontas e imposibles, ofrecen bromas que yo he visto o he vivido a mi alrededor. Gracias a esa cercanía con mi propia experiencia me río aún más con el argumento, me identifico, paso un buen rato y además, aprendo a reírme de mí misma.

Por último, pienso que la música que forma parte de la historia de cada película es esencial para que termine de captar mi atención por completo. Una buena melodía adaptada al argumento aporta mucha fuerza a lo que veo y según las circunstancias, puede hacerme reír o llorar, por lo que intensifica mis emociones. Sin embargo, una pésima canción perjudica a las imágenes inevitablemente
En definitiva, desde mi punto de vista, el cine está para disfrutarlo con los cinco sentidos ya que sólo de esa manera podremos vivir y sentir lo que estamos viendo. Es un regalo para la vista que enriquece nuestros días.


A.M.N

viernes, 22 de febrero de 2008

LA PREOCUPACIÓN POR COMER SIEMPRE SANO: LA ORTOREXIA

Es una obsesión que, según la Organización Mundial de la Salud, padece el 28% de la población de todo el mundo. En Estados Unidos, 5.000 personas fueron diagnosticadas el año pasado

La ortorexia la descubrió hace apenas diez años el doctor Steven Bratman, que empezó a hablar de ella en 1997, aunque no se popularizó hasta el año 2000 cuando publicó su libro Los yanquis de la comida sana en el que hablaba del problema. El término procede de las palabras griegas orthos que significa “justo” o “recto” y exia que significa “apetencia” o “apetito”. Consiste en una obsesión por comer sólo alimentos sanos, libres de conservantes, colorantes, aditivos o cualquier otra sustancia artificial y que nace de la cultura ecológica. En España se trata de un problema casi desconocido, pero el 5% de los españoles que tienen problemas con la alimentación ya la padece. Aún no puede calificarse como enfermedad porque no se ha reconocido como un trastorno psiquiátrico y además, no se han encontrado parámetros para distinguirla del hecho de mantener una dieta saludable y equilibrada. No hay que confundirla con dietas sanas llevadas a cabo con sentido común y dentro de unos límites normales porque la ortorexia es llevar una alimentación sana exagerada. Según Bratman, “los ortoréxicos desarrollan sus propias reglas alimenticias, cada vez más dañinas y específicas”. Él lo sabe bien, ya que a finales de los setenta inventó su propia dieta formada por vegetales recién cogidos del huerto y se alimentó así durante muchos años hasta que un día, después de un tiempo de tratamiento con psicólogos, se comió un trozo de pizza y una copa de helado.

Las personas que tienen ortorexia sólo comen alimentos que les ofrecen garantías de calidad, que son naturales o no tienen grasas, lo que supone un grave peligro para su salud porque se suprimen nutrientes esenciales para el organismo.
Quien sufre esta patología dedica más de tres horas diarias a pensar en la comida saludable que puede tomar, prepara las comidas con días de antelación, da prioridad a la calidad de los alimentos por encima de la satisfacción que siente al comerlos o puede masticar muchas veces lo que come antes de tragarlo (el propio doctor Bratman lo hacía hasta 50 veces). Si no sigue la dieta sana que él ha establecido tiene sentimientos de culpabilidad y es capaz de no comer durante días como castigo por haber tomado productos que él considera “malos”, y se muestra superior a los demás, con gran fuerza de voluntad y feliz consigo mismo si logra mantenerla. Su obsesión llega hasta el punto de que se aleja de sus familiares y amigos porque evita comer fuera de casa alimentos que no puede controlar, lee siempre las etiquetas de los productos, cocina sus alimentos de una manera concreta e incluso crudos o en recipientes especiales (de cerámica, madera, etc.) y no sale de su casa si no es con su propia comida. Puede llegar a recorrer varios kilómetros para comprar este tipo de productos que suelen ser más caros, incluso hasta diez veces más que los productos normales. Si no los encuentra es capaz de pasar tres o cuatro días en ayunas.

El caso más extremo fue el de Kate Finn, una californiana que falleció en 2003 por inanición. Al principio, le diagnosticaron anorexia, pero a ella no le preocupaba su peso ni la cantidad de alimentos que tomaba, sino su calidad. Algunos expertos hablan de que la ortorexia es una “anorexia mal curada”, aunque en el caso de la primera, lo que importa es comer sano y en cuanto a la anorexia, el problema radica en la preocupación por las calorías y el peso corporal. Finn comía, sobre todo, hidratos de carbono y azúcares y apenas probaba las grasas ni las proteínas: murió de ortorexia.

Este trastorno en ocasiones responde a una moda, y los más propensos a sufrirlo son las adolescentes, las mujeres (hasta en un 90%), los deportistas (en especial, los que practican el culturismo) ya que suelen preocuparse mucho por su físico y su salud, y en general, las personas estrictas y muy exigentes consigo mismas y con los demás, los que tienen comportamientos obsesivos compulsivos o los que ya hayan tenido otros problemas con la alimentación, como anorexia o bulimia.

Las causas de esta patología son muchas. Según Manuel Serrano-Ríos, jefe de Medicina Interna del Hospital Clínico de Madrid y presidente del Instituto Danone, “el impacto cultural de la obsesión por la propia salud le hace al ortoréxico orientarse hacia la búsqueda sistemática de alimentos saludables”, lo cual quiere decir que nuestra cultura incide directamente en este problema por la importancia que la da a la imagen. Otros desencadenantes pueden ser miedo a envenenarse por tomar alimentos que no son naturales, razones religiosas o espirituales, influencia de los medios de comunicación y la publicidad, o la excentricidad. Esto último se pone de manifiesto especialmente en algunas actrices, como Julia Roberts, que sólo bebe leche que contiene soja, Demi Moore que consume todos los alimentos crudos o Jennifer López que come tortillas hechas sólo con clara de huevo. Algunas otras causas son de carácter psicológico como la depresión, la inseguridad, dificultades de comunicación con las personas del entorno o la falta de afecto.

Por su parte, las consecuencias de llevar este tipo de alimentación pueden ser muy graves. En primer lugar, desciende la calidad de vida porque se consumen alimentos que no aportan todos los nutrientes y vitaminas que necesita el organismo, lo que a su vez, puede desencadenar desnutrición, debilidad, agresividad, desequilibrios psicológicos, tristeza, ansiedad, depresión o hipocondrías. En concreto, por tomar alimentos excesivamente sanos, se consumen proteínas de menos calidad al tomar sólo vegetales, hace falta hierro lo que puede dar lugar a anemias, son escasos las vitaminas liposolubles y los ácidos grasos esenciales, faltan oligoelementos, y en casos muy graves, se puede dar una pérdida temporal o permanente de la menstruación. Además, la ortorexia conlleva distanciamiento social.

Para curarla, es necesario tomar conciencia del problema, seguir los consejos de nutricionistas y psicólogos, y con su ayuda, aprender a comer de una manera realmente sana y equilibrada, sin obsesionarse.
No obstante, la clave para evitar la ortorexia está en seguir una dieta sana y equilibrada que incluya todos los nutrientes necesarios. Para ello, es muy importante tomar a diario frutas y verduras, carne, pescados y huevos, y nunca se deben suprimir los aceites y las grasas porque son beneficiosos para la transmisión de los impulsos en el sistema nervioso. La dieta diaria de cualquier persona debe estar formada por un 60% de hidratos de carbono (pan, pasta y cereales), un 20% de grasas y otro 20% de proteínas. Eso es lo fundamental para mantenerse sano.
A.M.N

miércoles, 13 de febrero de 2008

"Soy Leyenda" (I am leyend, Francis Lawrence, 2007)

El cine fatalista está de moda. Al espectador le gusta ver catástrofes, grandes tragedias y finales apocalípticos en los que un héroe, reconocido como tal o vestido de paisano, logra poner fin a la situación. Como el público manda, las producciones caen rendidas a sus pies. Es el caso de Soy Leyenda, protagonizada por Will Smith en el papel de Robert Neville, casi el único superviviente en la Tierra y posible salvador de la raza humana.
El libro titulado igual es mucho mejor que la película, como ocurre en la mayoría de los casos, pero aún así, las imágenes muestran la historia con una cercanía que las páginas nunca lograrán alcanzar por muy ricas que sean las descripciones o muy interesente sea el personaje principal. La obra escrita me trasladó a un espacio diferente, después de haber visto la cinta, y no pude imaginar al protagonista del mismo modo, pues se trata de otra persona completamente distinta, con un pensamiento y unos propósitos distintos.

Pero centrémonos en la película, reflejo de una visión trágica del avance médico de las últimas décadas. Sin duda, los más aprensivos creerán a pies juntillas que un error garrafal como el de propagar un virus tremendamente contagioso a partir de una revolucionaria vacuna que cura el cáncer, podría llegar a producirse en nuestra sociedad actual. Y, quizá, no estarían mal encaminados si tenemos en cuenta que somos seres humanos y, como tales, nos equivocamos.
Esta historia arroja luz sobre un hecho que hasta ahora no nos habíamos detenido a pensar: investigar la cura para una grave enfermedad entraña riesgos, sobre todo, si esa tarea se encarga a personas poco cualificadas o inexpertas que se atreven a probar en humanos los nuevos fármacos sin conocer plenamente sus efectos. Así, en los dos o tres primeros minutos de cinta, la doctora Kripin (que posteriormente, dará nombre al virus), interpretada por Emma Thompson, afirma por televisión haber curado el cáncer cuando lo cierto es que su investigación tendrá consecuencias devastadoras para la población de Nueva York.

Las imágenes logran narrar la historia de un modo que atrapa al espectador, a pesar de tratarse de una película lenta, sin apenas diálogos y en la que aparecen constantemente los mismos lugares y espacios: la casa del protagonista, los coches que conduce o, por supuesto, la gran ciudad silenciosa, aunque eso sí, desde distintos ángulos y alojando distintas acciones. El director, Francis Lawrence, distribuye los planos de una forma casi perfecta para que todo ocurra en el instante preciso y al mismo tiempo, mantiene al público expectante, por una parte, deseoso de que aparezcan los infectados enloquecidos y por otra, esperando escenas que la hagan diferente a otras películas del mismo estilo.

Existe un momento especialmente angustioso, cuando Neville ve cómo su perra se adentra en una nave oscura para perseguir a un ciervo y la llama desesperadamente para que salga de ahí. Esto nos estremece en la butaca por dos razones: el animal puede morir apenas a los veinte minutos de visionado, lo que nos dejaría con una amarga sensación demasiado pronto, y, por otro lado, sabemos que el protagonista necesita a la perra para continuar cuerdo en una ciudad hostil en el que sólo están ellos dos.
Y es que es un acierto que su Pastor Alemán haya sobrevivido al virus que asoló la ciudad para dotar de una mayor credibilidad a la historia. Hubiera sido casi insólito que sólo Neville continuara vivo después de la infección y además, las imágenes no se habrían sostenido por sí solas sin el diálogo que mantienen ambos que, aunque es breve y puntual, es completamente necesario para no aburrir al público.

No obstante, aporta mucho valor al argumento el hecho de que el protagonista sea el único ser humano en el planeta (o al menos, eso crea él) y que tenga que hacer verdaderos esfuerzos para no perder la cordura, porque nos transmite una idea que a menudo olvidamos, pero que resulta fundamental para nuestra existencia: necesitamos relacionarnos para lograr nuestros propósitos y sobrevivir. Cada persona requiere de otras porque, de lo contrario, se volvería loca.
De ahí, surge la escena en la que Neville acude a un videoclub y habla con un grupo de maniquíes, que intuimos que él mismo ha colocado allí, como si se tratara de personas. Hasta ese momento, podemos entender su necesidad de relacionarse sea del modo que sea, pero ya es ridículo que mire tímidamente a una maniquí y dude si hablarla o no porque se siente atraído por ella. Sin duda, una escena totalmente prescindible y absurda.

Esto no es lo único que está mal hecho a lo largo de la cinta. Lo más destacable es que no es posible que en sólo tres años sin actividad humana, una gran ciudad como Nueva York se haya convertido en una frondosa selva, tupida de vegetación y habitada por animales salvajes, tales como ciervos o leones. Puede que transmitir esto responda al deseo de provocar una mayor impresión en el espectador o simplemente de introducirle más en la historia, lo que es innecesario porque las imágenes de largas calles solitarias ya provocan estos efectos. Así, ante el aplastante impacto del silencio y el vacío en la ciudad, la regresión a un mundo salvaje es gratuita.
Tampoco es creíble que una persona pueda sobrevivir tanto tiempo con los alimentos de los que dispone. Bien es cierto que la ciudad es muy grande y hay muchos supermercados, pero la comida no puede conservarse en buenas condiciones y tarde o temprano caduca y llega el momento en que no se puede consumir.
Otro error es enfocar el papel de la perra de tal manera que el público sea capaz de prestarla más atención que al protagonista de la película, e incluso llegue a apreciarla más en determinadas escenas. El animal da dinamismo a la película, pero Neville tiene todo el peso de la acción y es el que busca la vacuna contra el virus.

A pesar de estos desatinos habituales en toda superproducción, la cinta posee un atrayente argumento que unido a la muy buena interpretación de Will Smith (este actor sabe hacer reír y llorar con la misma intensidad), consigue envolver al público en la trama y hacerle pasar casi dos horas con los ojos pegados a la pantalla.

A.M.N